¿Es posible morirse de pena?
La muerte por “tristeza” de la historietista y cineasta Marjane Satrapi, autora de Persépolis, ha desempolvado una cuestión recurrente en el imaginario colectivo y ampliamente estudiada en el mundo científico: ¿Es posible morirse de pena? Independientemente de cómo hayan sido las circunstancias personales de Satrapi —que por el momento se desconocen—, la ciencia apunta al sí, aunque reencauzando la idea romántica hacia una explicación biológica detrás de la expresión.
Por ejemplo, que el duelo intenso, esa tristeza prolongada asociada a la pérdida de un ser querido, puede empeorar la salud mental, espolear problemas cardiovasculares y, en última instancia, elevar el riesgo de muerte. La familia de Satrapi ha comunicado este martes que la autora ha fallecido “de tristeza poco más de un año después del fallecimiento de Mattias Ripa, su esposo y el amor de su vida”. No ha dado más detalles.
Juan Carlos Pascual Mateo, psiquiatra y miembro del comité ejecutivo de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, desdeña la épica que acompaña a eso de morir de pena o de amor, y señala una interpretación biológica del fenómeno: “Los estados emocionales repercuten a nivel físico. Hay una afectación a nivel del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal [un sistema neuroendocrino que regula la respuesta del cuerpo al estrés], aumenta el cortisol y puede tener repercusión en el sistema inmune, que esté más deprimido y vulnerable. Todo eso te predispone más a fallecer por alguna enfermedad. No te mueres de tristeza, sino de otra causa médica”.
Pasa, por ejemplo, con acontecimientos que favorecen una clínica depresiva, como es el duelo. Ese cuadro, a la vez, puede provocar otras enfermedades —la depresión se asocia con peor salud cardiovascular y metabólica, obesidad, alteraciones del sistema inmune— y también eleva el riesgo de suicidio, ejemplifica Pascual Mateo.
El duelo tras la muerte de una persona cercana es natural, forma parte de un proceso adaptativo. Es normal sentir tristeza y abatimiento. El problema es cuando esas emociones se enquistan hasta convertirse en invalidantes. Un estudio danés con más de 1.700 personas que habían perdido a seres queridos reveló que aquellas con síntomas de duelo más intensos y prolongados en el tiempo visitaban más al médico, consumían más psicofármacos (ansiolíticos y antidepresivos) y tenían hasta un 88% más de riesgo de muerte en el plazo de 10 años.
Esas penas enquistadas tienen un nombre en el argot médico. Guillermo Lahera, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá, cuenta en un artículo en EL PAÍS que “cuando el proceso de duelo deja de ser adaptativo, es persistente y evita que el sujeto recupere su funcionalidad”, se llama trastorno por duelo prolongado. ”Su clínica se parece mucho a la depresión mayor y, a veces, al estrés postraumático; se asocia, como estas, a mayor mortalidad por causa física. La clave no está en la intensidad o duración del dolor, está en su rigidez. Al no haberse producido la transformación que implica el duelo adaptativo, el mundo interno queda ‘fijado’ a la presencia del ausente y sanar supone ya ‘traicionar’ al fallecido", cuenta.
La literatura científica sobre el riesgo de muerte en personas en duelo es variable. Hay estudios que, como el danés, sí encuentran un aumento de la probabilidad de fallecer y otros que no lo ven tan claro. Los autores daneses achacan estas discrepancias a que el perfil de los familiares en duelo es “heterogéneo” y hay diversos factores de riesgo que suman o restan vulnerabilidad: por ejemplo, el cuidado de gente cercana amortigua el estrés en las personas que experimentan la pérdida de un ser querido; en cambio, si alguien en duelo sufre angustia también debido a su propia enfermedad física, lo que puede aumentar la vulnerabilidad.
Una revisión en The Lancet encontró que la probabilidad de mortalidad también es más alta en los seis primeros meses tras el fallecimiento del ser querido y va bajando con el tiempo, aunque en algunos casos (padres que pierden a un hijo, por ejemplo), ese riesgo puede permanecer años elevado.
Cuando la pérdida es de la pareja —la mayoría de los estudios están enfocados en ese escenario particular—, el riesgo de mortalidad es mayor en las personas jóvenes y en los hombres viudos. Sobre las causas de la muerte, se observan desde accidentes, motivos violentos y enfermedades relacionadas con el alcohol, hasta problemas cardiovasculares o suicidio. “La mortalidad por duelo se atribuye en gran medida al llamado corazón roto. Es decir, la angustia psicológica por la pérdida, como la soledad; y las consecuencias secundarias de esa muerte, como cambios en los lazos sociales, en la situación de convivencia, en los hábitos alimenticios y en el apoyo económico", abundan los autores.
El sufrimiento asociado al duelo abarca dimensiones físicas, emocionales, cognitivas y sociales. Pero no todo el mundo es igual de vulnerable a sufrir un duelo patológico. Según los autores del estudio danés, los antecedentes de problemas de salud mental y un bajo nivel educativo son factores de riesgo de angustia psicológica a largo plazo en los familiares en duelo.
‘Síndrome del corazón roto’
La muerte de un ser querido es, en sí misma, una situación altamente estresante. Y la carga emocional de todo ello también puede tener otras repercusiones orgánicas más allá del impacto en salud mental. En cardiología, por ejemplo, hay una dolencia muy asociada a momentos vitales de gran impacto: es el síndrome de Tako-Tsubo, conocido coloquialmente como el síndrome del corazón roto. Según explica la Fundación Española del Corazón, esta dolencia tiene la apariencia de un infarto de miocardio, pero, a diferencia de este, no hay arterias obstruidas en el corazón que expliquen la disfunción cardíaca.
“El 85% de los casos reportados son mujeres postmenopáusicas [en esta etapa han perdido la protección cardiovascular que dan los estrógenos], con estrés emocional o físico repentino e inesperado, causando una liberación excesiva de adrenalina, que puede dañar temporalmente el corazón de algunas personas”, explica la organización científica. Algunos desencadenantes suelen ser noticias sobre una muerte inesperada de alguien querido, un diagnóstico médico aterrador o situaciones estresantes como actuar en público, un divorcio o desastres naturales. Pascual Mateo admite que en tres décadas de carrera profesional, él solo se encontró con un caso.
Hay muchas trayectorias del duelo y la mayoría son adaptativas, recuerdan los expertos. Lahera subraya, de hecho, que, en la mayoría de los casos, ese momento vital no hay que tratarlo con fármacos o terapia, solo atravesarlo, transitarlo: “El duelo no es un proceso lineal, ni una serie de fases que se puedan tachar como casillas, ni una depresión transitoria causada por mero desbalance bioquímico. Es un trastorno del tiempo y del cuerpo”.
Por Jessica Mouzo.-
EL PAIS.







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