La ilusión de la retirada
Hay una vieja regla en la política internacional: es relativamente fácil comenzar una guerra, pero casi siempre es difícil terminarla.
En estos días algunos analistas y comentaristas sugieren que Donald Trump podría declarar victoria en la guerra con Irán y retirarse rápidamente. El argumento parece lógico: el precio del petróleo ha subido, la gasolina se encarece, los mercados financieros reaccionan con nerviosismo y en Estados Unidos se aproxima un año electoral decisivo.
Según esa interpretación, Trump podría hacer lo que ya ha hecho en otras ocasiones: lanzar una ofensiva política o económica, medir la reacción de los mercados y luego ajustar su estrategia.
Pero la realidad de una guerra es distinta.
Los mercados pueden subir o bajar en cuestión de horas. Las guerras, en cambio, crean hechos que no desaparecen con un simple anuncio político.
Impacto en el Golfo Pérsico
En apenas dos semanas, el conflicto ha transformado el equilibrio estratégico del Golfo Pérsico.
El estrecho de Ormuz —la arteria energética por donde circula cerca del veinte por ciento del petróleo mundial— ha quedado prácticamente paralizado. Los ataques contra buques comerciales y la amenaza de minas navales han sembrado el temor en una de las rutas marítimas más importantes del planeta.
Como reacción, los países industrializados han anunciado la liberación de cientos de millones de barriles de petróleo de sus reservas estratégicas, una medida excepcional que refleja la gravedad de la situación.
Sin embargo, el problema central no es el petróleo.
Es Irán.
Cambio de liderazgo en Irán
Los ataques estadounidenses e israelíes eliminaron al antiguo líder supremo, Ali Khamenei, el primer día de la guerra. Durante unas horas, algunos observadores creyeron que el régimen iraní podría derrumbarse o moderarse.
Pero ocurrió lo contrario.
El nuevo líder supremo es su hijo, Mojtaba Khamenei, un clérigo cercano a la Guardia Revolucionaria y considerado por muchos analistas incluso más radical que su padre.
La sucesión no ha sido una señal de debilidad del régimen.
Ha sido una señal de continuidad.
Y también de desafío.
El dilema nuclear
Además, el problema nuclear sigue abierto.
Las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio han sido golpeadas, pero el conocimiento científico permanece. Las reservas de uranio enriquecido siguen existiendo. Y una guerra que pretendía impedir que Irán obtuviera una bomba podría, paradójicamente, acelerar ese proceso si el régimen decide que la única garantía de supervivencia es convertirse en potencia nuclear.
Ese es el dilema que enfrenta Washington.
Si se retira demasiado pronto, Irán podría reconstruir rápidamente su programa nuclear.
Si continúa la guerra, el conflicto podría expandirse a toda la región.
Preocupaciones de los aliados
Los aliados de Estados Unidos en el Golfo tampoco ven con tranquilidad el panorama.
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y otros países nunca desearon esta guerra. Pero ahora que el conflicto está en marcha, temen una posibilidad aún peor: un Irán colapsado que se convierta en un Estado fallido al otro lado del Golfo, generando milicias armadas, refugiados y caos regional.
En otras palabras, terminar la guerra no significa necesariamente resolver el problema.
A veces significa simplemente abrir otro.
Por eso la idea de que el presidente estadounidense pueda “dar marcha atrás” fácilmente pertenece más al mundo de los mercados financieros que al de la geopolítica.
Las guerras crean inercias.
Cambian equilibrios de poder.
Y generan nuevas realidades políticas y estratégicas.
Trump podría declarar victoria y anunciar el fin de las operaciones.
Pero incluso en ese caso, la pregunta seguiría abierta:
¿habrá terminado realmente la guerra…o simplemente habrá comenzado una nueva fase de ella?

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