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El abismo entre la estadística y el plato de comida


A nivel macroeconómico y en las grandes reuniones multilaterales, la narrativa de la República Dominicana es casi de celebración: el país ha sido destacado por reducir significativamente sus índices de subalimentación y situarse formalmente fuera del «mapa del hambre». Sin embargo, al cruzar el umbral de los barrios populares —desde los sectores pobres de capital hasta los más vulnerables del Cibao y el Sur— la historia que se cocina en las estufas es radicalmente distinta.

Existe una paradoja dolorosa entre las estadísticas de crecimiento y la realidad del fogón. Aunque los números macroeconómicos muestren avances, la inseguridad alimentaria afecta a un porcentaje alarmante de la población, alcanzando a más de cuatro de cada diez dominicanos que no tienen garantizado el acceso constante a alimentos nutritivos y suficientes.

El principal agresor silencioso en los sectores populares sigue siendo el costo de la canasta básica. Con el quintil de menores ingresos gastando prácticamente la totalidad de sus entradas en subsistir, el constante ajuste de los precios en los alimentos transforma la nutrición en un lujo. Para las familias de los barrios, la discusión no es sobre «balance nutricional» o «ingesta calórica recomendada», sino sobre cómo estirar el salario mínimo o la chiripa diaria para que alcance para el arroz, el huevo y el aceite. Comer tres veces al día se ha convertido, para muchos, en una hazaña de malabarismo financiero.

Los programas de asistencia social y los comedores económicos alivian, pero no resuelven. Funcionan como anestésico ante un problema estructural: la falta de salarios dignos y la alta informalidad laboral que condicionan la dieta dominicana a los carbohidratos baratos, derivando en un doble impacto de malnutrición y problemas de salud pública a largo plazo.

Garantizar el alimento no es un acto de caridad ni un triunfo de papel para colgar en informes internacionales; es un derecho humano fundamental y el indicador más honesto del desarrollo de una nación. Mientras la brecha entre el costo de la vida y el ingreso popular siga ensanchándose, cualquier proclamación de «Hambre Cero» resultará ajena para quienes, al cerrar el día, siguen sintiendo el peso de la escasez en la mesa.

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