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La enemistad entre mujeres como herramienta política




Cada vez que repetimos la frase “el peor enemigo de una mujer es otra mujer” no estamos reproduciendo un refrán inocente. Estamos reforzando la idea de que la desconfianza entre mujeres es normal.

La supuesta rivalidad intrínseca entre mujeres responde a una lógica de fragmentación: impedir la cohesión femenina implica debilitar sus alianzas y preservar, con ello, la estabilidad del orden dominante.

A través de las obras de bell hooks y Rita Segato, podemos desarticular esta enemistad y entender que no es una inclinación natural ni biológica, sino una construcción cultural producida por una estructura de poder que premia la competencia entre mujeres y castiga la solidaridad.

Para bell hooks, la enemistad entre mujeres es un síntoma de la internalización del sexismo. En El feminismo es para todo el mundo, sostiene que el patriarcado entrena a las mujeres desde la infancia para competir por la atención y la aprobación masculina.

Cuando el valor de una mujer se mide por su relación con los hombres, otras mujeres dejan de ser aliadas y pasan a ser vistas como rivales en la disputa por un reconocimiento escaso.

hooks advierte que, incluso dentro del movimiento feminista, la lógica de dominio puede reproducirse. Si las mujeres en posiciones privilegiadas utilizan el feminismo solo para ganar poder sobre otras mujeres, perpetúan la misma división que ese orden de poder necesita.

Propone, por eso, sustituir la “amistad” superficial por la solidaridad política. Mientras la amistad es selectiva, la solidaridad supone un compromiso ético de luchar contra el sexismo en todas sus formas, incluso cuando no existe afinidad personal.

Por su parte, la antropóloga argentina Rita Segato, desde su análisis de la “pedagogía de la crueldad”, explica que el patriarcado funciona como una cofradía o una corporación masculina que exige pruebas constantes de dominio.

En esa lógica, las mujeres a menudo se ven obligadas a actuar como guardianas de esa jerarquía. La enemistad femenina es, en realidad, una forma de complicidad con el mandato de masculinidad.

Al vigilar, juzgar o castigar a otras mujeres por su sexualidad, su crianza o su cuerpo, una mujer intenta demostrar que sí pertenece al orden moral establecido, buscando una protección que ese entramado nunca le dará plenamente.

La enemistad funciona, además, para impedir que las mujeres no se reconozcan en el sufrimiento de la otra. Si veo a la otra como una enemiga, no tengo que reconocer que su opresión es también la mía.

¿Por qué la enemistad entre mujeres funciona cómo herramienta política? La respuesta es sencilla: porque la cohesión femenina es subversiva.

Cuando las mujeres rompen la lógica de la enemistad, ocurren dos transformaciones fundamentales. Primero, el juicio estético y moral entre pares deja de funcionar como mecanismo de disciplina. Segundo, se construyen redes de cuidado y resistencia que ya no dependen de la jerarquía masculina.

La enemistad femenina es una construcción funcional a esa lógica de dominación: le evita vigilarse a sí misma, porque las mujeres, al competir entre sí, terminan haciendo por ella el trabajo de control.

Siguiendo a hooks y Segato, la salida no consiste en fingir una hermandad perfecta, sino en desmontar la maquinaria que nos enseñó a desconfiar unas de otras.

Reconocer que la otra mujer no es una amenaza ni el obstáculo para mi libertad, sino una posibilidad de alianza y una compañera imprescindible para alcanzarla, sigue siendo uno de los gestos más radicales contra una lógica de poder que necesita vernos solas para preservarse.

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