Noticias de Última Hora

Los sueños




Desde Sigmund Freud, neurólogo austríaco, padre del psicoanálisis de principios del siglo XX, hasta el más humilde analfabeto campesino dominicano de montaña, todos han tratado de dar significado a las revelaciones creadas por nuestro cerebro durante las horas nocturnas de descanso.

Mi memoria infantil arranca en 1950, y mi vida campesina abarca hasta los quince años, cuando empecé a habitar en un ambiente urbano, donde permanezco hasta la fecha. Recuerdo los amaneceres sabatinos, cuando de manera puntual se daban cita en casa los compadres, vecinos y familiares para “arreglar” los sueños de la noche del viernes y la madrugada del sábado, y traducirlos en un número que se jugaría en billetes y quinielas de la Lotería Nacional, también conocida como la amiga del pobre y del rico.

El sorteo se llevaba a cabo la mañana del domingo, con el consabido resultado de muchos perdedores y muy pocas personas agraciadas. Con dolor y mucha amargura se revisaban las interpretaciones de las revelaciones nocturnas, y siempre se encontraban errores de cálculo u omisiones en las narrativas que dieron lugar a obtener un número equivocado. Si el premio mayor correspondió al número 84 y la persona jugó el 83, era porque se olvidó agregar a un individuo que aparecía en el sueño. Esas visiones nocturnas se consideraban infalibles; los desaciertos se entendían siempre como pifias interpretativas a tener en cuenta en una próxima ocasión.

Tan profundas y arraigadas estaban las creencias en los relatos mientras dormimos, que mi bisabuela materna se despertó una madrugada con la convicción de que, después de la medianoche, mientras descansaba, había visto a una de sus hijas en peligro de muerte. Desde su morada en un campo de Imbert, Puerto Plata, preparó viaje hacia Santo Domingo, donde vivían tres de sus hijas, y al mediodía ya estaba en la capital. Llegó tan ansiosa y desesperada, la pobre anciana, que lo primero que hizo fue preguntar el estado de salud de cada una de sus vástagos. Coincidió que una de ellas estaba de viaje hacia Curazao y la embarcación había zozobrado, por lo que pasó tres días a la deriva en el mar Caribe. Fue suficiente coincidencia para que a la soñadora se le atribuyeran poderes sobrenaturales.

Don Calderón de la Barca es gratamente recordado por el cierre poético de su obra teatral La vida es sueño, que concluye de esta bella forma:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño;

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.”

Siempre hemos creído, y siento que moriremos bajo la dulce y sana premisa de que un mundo mejor y de paz es posible. Que la guerra no debe ser el epílogo de los pueblos. Convencido, dejaré el drama de la vida con fe puesta en el bien común. Por muy oscura y cargada de pesadilla que nos resulte la noche, nos espera un dulce y resplandeciente amanecer. Lo último que se pierde es la esperanza, y esta se nos apaga con la muerte.

Soñemos y luchemos por la paz mundial. Digamos no al odio y a la guerra.

Por el amor y la paz he vivido, y he soñado que soñaba.

No hay comentarios