Cuando el pueblo llama, el arte responde
En la República Dominicana, mientras el país se tambalea entre inconstitucionalidad, violencia en las calles, delincuencia, mentira, narcotráfico y corrupción, la mayoría de nuestros artistas, los más aplaudidos, los más premiados, los mejor pagados, guardan un silencio sepulcral.
Y ese silencio no es neutral.
El silencio, en tiempos de injusticia, favorece al poder que oprime.
No se trata de pedir que todos piensen igual.
Se trata de no esconder las manos ni amordazar la conciencia cuando el pueblo que te dio nombre, aplauso y sustento está sufriendo.
El artista no es solo entretenimiento.
Es voz, es memoria, es termómetro moral de su tiempo.
Cuando un pueblo canta y sus artistas callan, algo grave está pasando.
No podemos permitir que quienes han recibido más cariño, más aplausos y más dinero se queden cómodos, mudos, calculando contratos, mientras la patria pierde el rumbo.
Este es el momento de decirlo claro y sin odio:
El arte que no defiende la dignidad humana se convierte en decoración del poder.
El silencio artístico ante la injusticia también es una forma de traición.
Que cada quien decida de qué lado quiere quedar en la historia.
Pero que nadie diga mañana: “yo no sabía”.
El país está hablando.
La pregunta es: ¿quiénes se atreverán a responder?
Creo que ha llegado el momento de llamar a los artistas dominicanos.
Lo digo con responsabilidad y también con autoridad moral.
Yo soy artista.
He sido aplaudido, seguido, querido.
He llenado teatros en todo el país y también en los Estados Unidos.
Pero para mí, el pueblo más importante no es el que paga una boleta,
es el pueblo que me sostiene,
el que me escucha,
el que me cree,
el que me ha dado identidad y razón de ser.
Ese pueblo hoy está atravesando momentos difíciles.
Violencia en las calles.
Delincuencia.
Mentira institucionalizada.
Narcotráfico.
Corrupción.
Inconstitucionalidad abierta.
Y una invasión funcional,
que agrede este bimestre de la patria que celebramos.
Tiempo en que rememoramos no solamente la Independencia y a los Padres de la Patria, sino también las batallas del 19 y 30 de marzo, y lloramos aún el fusilamiento de la heroína María Trinidad Sánchez.
Y frente a eso, no podemos evadir una responsabilidad que no se puede desechar.
No estoy exigiendo militancia partidaria.
Pero sí creo que los artistas no podemos seguir mudos.
Por eso propongo algo sencillo y poderoso a la vez:
un gran evento de solidaridad con el pueblo dominicano.
Un evento donde el arte abrace al pueblo.
Donde el escenario no sea de propaganda, sino de presencia.
Donde quien no quiera politizar, no lo haga.
Pero donde el pueblo sienta que no está solo.
En ese espacio, algunos artistas dirán cosas que necesitan decir.
Otros solo estarán, solidarios, cantando, acompañando.
Y otros —entre los que me incluyo— hablaremos con más indignación,
con más firmeza,
reclamando que la Constitución se respete y se imponga.
Eso también es arte.
Eso también es libertad de expresión.
El arte popular no nació para adornar el poder, como dije;
nació para caminar con la gente,
para nombrar lo que duele,
para defender la dignidad.
Si alguna vez el pueblo nos dio aplausos,
hoy nos está pidiendo presencia y coherencia.
Este no es un llamado contra nadie.
Es un llamado a favor del pueblo.
Que cada artista decida cómo y hasta dónde llegar.
Pero que nadie se esconda.
Que nadie diga mañana que no era el momento.
Porque sí lo es.
Y porque el pueblo, que tanto nos ha dado,
merece sentir que sus artistas están con él.




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