Abinader obligado a jugar su propio juego
El presidente Abinader, por descuido o por presión interna dentro del PRM, se ha aislado del escenario de participar deliberadamente en la escogencia del candidato presidencial de su partido.
A la fecha, no existe un aspirante presidencial que se identifique claramente como el pupilo de Abinader.
Estar fuera del proceso, sin una propuesta protagónica, puede causarle sorpresas indeseadas en la sucesión del poder al presidente Abinader.
La tradición histórica de la lucha por el poder ha sido la permanencia en Ć©l, ya sea por la vĆa de la reelección o mediante la elección de un sucesor.
La prĆ”ctica del continuismo se ha entendido como algo inherente al quehacer polĆtico dominicano.
El choque de fuerzas entre los pro y anti reeleccionistas ha dependido, en gran medida, del sitial desde donde se observe el poder: en la oposición se es anti y en el gobierno se es pro.
No ha existido una coherencia filosófica ni ideológica fundamental en torno al concepto de la reelección presidencial.
Desde su fundación en 1844, la República Dominicana ha vivido una tensión permanente entre reelección y anti-reelección, reflejo de la lucha entre el poder personalista y los intentos institucionales por limitarlo.
Durante el siglo XIX predominó el caudillismo, expresado principalmente en la lucha entre Pedro Santana y Buenaventura BĆ”ez. Ambos se alternaron la presidencia durante los primeros perĆodos de la naciente RepĆŗblica Dominicana.
A finales del mismo siglo XIX, con el surgimiento de Ulises Heureaux (LilĆs), se estableció el ejercicio prolongado de la presidencia, con doce aƱos consecutivos en el poder.
Luego del prolongado mandato de LilĆs comenzaron a surgir los cuestionamientos a la reelección presidencial indefinida.
Sin embargo, el espĆritu de las posiciones antireeleccionistas fue quebrado posteriormente por la instauración de la dictadura de Trujillo, que se extendió por treinta aƱos.
MÔs adelante, la reelección indefinida volvió a tener protagonismo durante los doce años de Balaguer, entre 1966 y 1978.
Tras la crisis electoral de 1994, se modificó la Constitución para impedir la reelección inmediata.
Como consecuencia de esta prohibición, el presidente Leonel FernĆ”ndez no pudo optar por un nuevo perĆodo presidencial y, en esa circunstancia, decidió apoyar a Danilo Medina como su sustituto.
En el aƱo 2000, Hipólito MejĆa alcanzó la presidencia bajo la prohibición de la reelección. En lugar de respaldar a un aspirante del PRD, optó por forzar una reforma constitucional para buscar un nuevo perĆodo presidencial, intento que culminó en una derrota electoral aplastante frente a Leonel FernĆ”ndez.
AsĆ ha sido, a grandes rasgos, el devenir histórico del poder polĆtico dominicano. Dos grandes hechos confirman que, desde la presidencia, la primera opción suele ser la reelección o, en su defecto, la elección de un sucesor.
Los presidentes dominicanos no quieren sentir la amenaza de ser perseguidos o enjuiciados una vez abandonan el poder.
Esa es la razón principal por la cual hacen todo lo posible por mantener la capacidad de incidir de manera determinante en la escogencia del candidato presidencial de su partido y, posteriormente, en el resultado de las elecciones.
Esto quedó evidenciado con el llamado Pacto Patriótico, cuando el presidente Balaguer, impedido de optar por la presidencia, decidió apoyar con todos los recursos del Estado a Leonel FernÔndez, del PLD.
Otro ejemplo se presentó en las elecciones de 2012, cuando Danilo Medina se encontraba por debajo de Hipólito MejĆa por alrededor de veinte puntos porcentuales y, con el respaldo del presidente FernĆ”ndez y el uso de los recursos del gobierno, logró derrotar al PRD.
El caso mƔs reciente fue la voluntad impuesta por Danilo Medina para que Gonzalo Castillo fuera su sucesor.
Como hemos visto, la historia polĆtica dominicana y los acontecimientos mĆ”s recientes estĆ”n marcados por la reelección o por la imposición de un sucesor desde el poder.
En ese contexto, el presidente Abinader se encuentra ante una disyuntiva que no admite ambigüedades: o asume un rol activo y determinante en la definición de su sucesión, o corre el riesgo de convertirse en un presidente saliente sin control real sobre el rumbo polĆtico posterior a su mandato.
La neutralidad, en un sistema polĆtico como el dominicano, no es una virtud sino una debilidad. Renunciar a influir en la escogencia del candidato presidencial de su partido equivale a ceder el poder antes de tiempo.
Abinader, quiera o no, estĆ” obligado a jugar su propio juego. La historia demuestra que ningĆŗn presidente ha salido indemne cuando deja en manos ajenas la sucesión del poder. En polĆtica, quien no asegura su relevo, termina expuesto.




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