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Cuidar la frontera: Un imperativo de soberanía y seguridad



La frontera entre la República Dominicana y Haití no es simplemente una línea divisoria trazada en los mapas; es una zona viva, compleja y de vital trascendencia geopolítica donde convergen los intereses más profundos de nuestra nación. En los últimos años, la gestión de este territorio ha cobrado una urgencia inusitada ante la profunda crisis institucional, social y de seguridad que padece la vecina nación haitiana. En este contexto, cuidar la frontera no es un capricho político ni una postura aislacionista, sino un imperativo de soberanía, seguridad nacional y ordenamiento migratorio.

La porosidad histórica de la franja fronteriza ha facilitado durante décadas flujos migratorios irregulares, el contrabando de mercancías, el tráfico ilícito de sustancias y personas, y una presión desmedida sobre los servicios públicos dominicanos, especialmente en áreas tan sensibles como la salud y la educación.

Si bien el Estado dominicano ha dado pasos importantes en la consolidación de infraestructuras de control —como la construcción de la verja perimetral en puntos críticos y el reforzamiento de los cuerpos castrenses—, la seguridad física por sí sola resulta insuficiente si no va acompañada de una estrategia integral y sostenible a largo plazo.

Cuidar la frontera exige, en primer lugar, un control migratorio estricto y transparente, aplicado con riguroso apego a las leyes nacionales y al respeto de los derechos humanos. Las autoridades militares, policiales y migratorias deben actuar con la debida profesionalidad para garantizar que cada ciudadano extranjero que ingrese al país lo haga bajo los canales legales establecidos. La soberanía de la República Dominicana no es negociable, y la protección de su territorio es la primera responsabilidad de cualquier gobierno democrático.

Asimismo, es imperativo ordenar los intercambios comerciales. Los mercados binacionales representan una fuente de sustento económico fundamental para miles de productores y comerciantes de ambos lados de la isla, pero estos espacios no pueden continuar operando bajo la sombra de la informalidad y la evasión fiscal. Es necesario formalizar, tecnificar y transparentar cada transacción, asegurando que el comercio fronterizo beneficie a la economía nacional sin convertirse en un colador para la ilegalidad.

Ninguna nación puede resolver por sí sola una crisis de la magnitud que afecta a Haití. Por ello, la diplomacia dominicana debe mantener una postura firme y constante ante la comunidad internacional, exigiendo un compromiso real y financiero de los organismos multilaterales y las potencias globales para estabilizar el territorio haitiano. La solución a los problemas de Haití está en Haití, y la comunidad internacional no puede abdicar de su responsabilidad histórica abandonando a su suerte a un pueblo sumido en el colapso.

En conclusión: Cuidar la frontera con Haití es proteger el futuro de la República Dominicana. Requiere la combinación equilibrada de firmeza en la defensa de nuestras leyes, modernización de los sistemas de vigilancia, transparencia en el comercio y una diplomacia activa. Solo con una política fronteriza coherente, patriótica y sostenible podremos garantizar la paz social y la estabilidad que nuestra nación merece.

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