Apuntes de una isla adormecida
Panamá acaba de temblar con la furia de un sismo de magnitud 7.7. La imagen de sus edificios desplomándose no es una escena lejana: es un espejo roto en el que rehusamos mirarnos.
Aquí, en nuestra propia tierra, los expertos llevan meses advirtiéndolo hasta el cansancio: la falla Septentrional acumula casi 80 años de un silencio peligroso, habiendo superado con creces su ciclo habitual de medio siglo. El verdadero peligro, reiteran, no está solo en la tierra que se mueve, sino en los miles de edificios y viviendas levantados sin evaluación ni rigor técnico. Escuchamos el diagnóstico, asentimos con gravedad momentánea y, de inmediato, pasamos a otra cosa.
Vivimos en una contradicción trágica. Somos una isla rodeada por más de 1,500 kilómetros de costa y, sin embargo, nos empeñamos en darle la espalda al mar. Ese mismo océano que hoy contemplamos con indiferencia es el que en 1946 nos envió un tsunami devastador, y todavía hoy no hemos aprendido a convivir con su fuerza ni a prevenir su alcance.
La vulnerabilidad dominicana no es fruto de la fatalidad geográfica, sino de la amnesia colectiva y la desidia institucional. La naturaleza no negocia plazos ni acepta excusas arquitectónicas. ¿Cuántas advertencias más necesita un país para finalmente darse la vuelta y actuar?





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