El ejercicio del voto
El ejercicio del voto, más allá de porcentajes y orientación partidaria, refleja las características de la sociedad. Actualmente, sin los líderes emblemáticos y altísimos niveles de abstención, nadie posee el monopolio de las simpatías. Por eso, en toda la región, tanto el repentino cambio de la favorabilidad como la dosis de incredulidad están produciendo procesos electorales muy cerrados que, sin detenernos en el candidato victorioso, la noción de gobernanza atiza confrontaciones profundamente peligrosas para el efectivo curso del desempeño gubernamental.
Los ejemplos de Perú y Colombia llaman a una profunda reflexión, dándole razón de ser a una noción de obstruir a la fuerza triunfante en interés de acumular aceptación a futuro. Es decir, el espíritu de políticas públicas favorables a segmentos importantes de la sociedad queda reducido a reyertas de segmentos partidarios convencidos de que las puertas del éxito se alcanzan como resultado del fracaso de la gestión oficial.
Al final pierde la ciudadanía porque el discurso de cerco y aniquilamiento del desempeño público no pasa del cuestionamiento a la propuesta, sino que exhibe modalidades discursivas cercanas a fundamentos ideológicos de escasa credibilidad y, de paso, fuente de descalificación frente a los ojos de una sociedad siempre en disposición de generalizar, convirtiéndose en ardid por excelencia para los nuevos mesías. Así se abulta la abstención, degradamos el sistema de partidos y habilitamos el anhelado outsider.
Aunque disminuido en el corazón de los electores, el peso innegable de la partidocracia genera un comportamiento robótico en sus élites dirigenciales que no atinan a enterarse lo urgente de interpretar el pliego de aspiraciones alrededor de lo que piensa la sociedad. Ya los partidos no conducen a la sociedad. De paso, lo inteligente es intuir hacia dónde transita, el reordenamiento de sus valores y en qué orden el discurso de lo partidario se torna vocero del pliego de reclamos cívicos.
Entender la volatilidad electoral de los pueblos y releer la tendencia regional en materia de resultados muy cerrados, debe producir un estremecimiento en la clase política local, no porque vayamos a calcarlos sino ante la necesidad de convertir el desempeño oficial en espacio de conquista a franjas apáticas como resultado de estadísticas favorables en segmentos que siempre han quedado rezagados. Y no hacerlo, retrata el carácter errático de una clase partidaria conducida por agendas personales incapaces de interpretar el rumbo y descontento de la sociedad.






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