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Ojos abiertos, brazos cerca: La urgencia de vigilar a nuestros niños


Bastaron solo unos segundos. Esa es la frase que encabeza las tragedias infantiles más desgarradoras. Un parpadeo frente a la piscina, playa o rio, una distracción con el celular o un balcón mal asegurado son suficientes. La realidad nos impone una verdad incómoda: estamos fallando en la vigilancia activa.

Vivimos en la era de la distracción masiva. Sin embargo, la atención fraccionada es un lujo costoso. Los niños, por naturaleza curiosos, no miden el riesgo; su trabajo es explorar, el nuestro es mantenerlos a salvo.

Estar en el parque mirando el celular no es cuidar. Los accidentes graves ocurren en silencio y en cuestión de segundos. El ahogamiento, por ejemplo, no es como en las películas; es rápido y silencioso.

No se trata de criar niños en una burbuja, sino de ser el escudo ante peligros que ellos aún no comprenden. Cada tragedia evitable es un fracaso colectivo.

Es urgente levantar la mirada y entender que vigilar no es una molestia, sino el acto de amor más necesario. Los ojos bien abiertos tienen que ser hoy; mañana siempre es demasiado tarde.

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