Europa: el continente que teme desaparecer
Europa no se derrumba con estruendo. No hay explosiones, ni columnas de humo elevándose sobre sus capitales, ni ejércitos atravesando sus fronteras como en los viejos tiempos.
Europa se apaga de otra manera: lentamente, como una lámpara que todavÃa alumbra, pero cuya luz ya no alcanza para iluminar el mundo.
En una oficina tranquila de Bolonia, el profesor Romano Prodi —uno de los últimos arquitectos de la Europa que creyó en sà misma— ha pronunciado una frase que no es un diagnóstico, sino una advertencia: “Solos estamos destinados a desaparecer.
Hablando para el diario católico Avvenire, Prodi no lo dice con dramatismo. Lo dice como quien recuerda una verdad incómoda que todos conocen, pero que pocos se atreven a repetir en voz alta.
El Sueño Europeo
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Europa era un proyecto. No un continente, sino una idea. La idea de que la historia podÃa corregirse a sà misma; de que las guerras podÃan ser sustituidas por tratados; de que los pueblos, cansados de matarse, podÃan aprender a convivir sin renunciar a su identidad.
Ese tiempo tuvo nombres propios. Tuvo moneda común. Tuvo ampliaciones hacia el Este que parecÃan cerrar definitivamente la herida de la Guerra FrÃa. Tuvo incluso un aura moral: Europa no imponÃa su modelo con tanques, sino que otros pueblos pedÃan entrar en él.
Hoy ese recuerdo se parece a esas fotografÃas antiguas donde todos sonrÃen sin saber que el futuro los está esperando con otra cara.
Porque el mundo ha cambiado. Y Europa no.
Cambio en el Escenario Global
Mientras Donald Trump habla el lenguaje del poder directo —negociar desde la fuerza, presionar hasta doblegar— y Vladimir Putin actúa con la lógica frÃa de los imperios que no piden permiso, Europa sigue creyendo que la historia se resuelve en mesas de diálogo donde todos respetan las reglas.
Pero las reglas han cambiado.
Y en ese cambio se revela la mayor paradoja europea: un continente que inventó la polÃtica moderna, hoy parece incapaz de practicarla en el nuevo mundo.
Prodi lo dice sin rodeos. Europa ha pasado de depender del gas ruso a depender de la energÃa estadounidense. Ha sustituido una dependencia por otra, como quien cambia de amo creyendo que ha conquistado la libertad.
Y, sin embargo, en esa aparente contradicción se esconde una verdad más profunda:
Europa ya no decide. Europa reacciona.
El gas —ese hilo invisible que conecta la geopolÃtica con la vida cotidiana— se ha convertido en sÃmbolo de esa pérdida de autonomÃa. Ayer venÃa de Moscú. Hoy llega en barcos desde América. Mañana, quizá, volverá a fluir desde Rusia si los intereses de Washington y Moscú coinciden en algún punto inesperado de la historia.
Porque, como sugiere Prodi, el mundo no se organiza ya en función de principios, sino de conveniencias.
Y Europa, atrapada entre su memoria moral y su impotencia estratégica, corre el riesgo de quedarse sin ambas.
DesafÃos Internos y Externos
El drama no es solo externo. También es interno.
Europa se ha fragmentado en pequeñas prioridades nacionales. Cada gobierno mira su calendario electoral, sus encuestas, sus crisis domésticas. Falta una figura capaz de pensar el continente como un todo, como lo hicieron en su momento quienes entendieron que la unidad no era una opción, sino una necesidad histórica.
Hoy, en cambio, la unanimidad —ese mecanismo que exige que todos estén de acuerdo para avanzar— se ha convertido en una trampa. Un sistema que, en nombre de la democracia, paraliza la decisión.
Y mientras Europa duda, otros deciden.
China avanza con paciencia milenaria. Estados Unidos redefine sus alianzas sin sentimentalismos. Rusia resiste, presiona, negocia. El mundo se reorganiza como un tablero donde las piezas se mueven con rapidez.
Europa observa.
Propuestas de Prodi
Prodi propone soluciones que, en otro tiempo, habrÃan parecido impensables: compartir deuda, construir una defensa común, integrar incluso el poder nuclear francés en una lógica europea. Es decir, transformar la Unión en algo más que un mercado: en un verdadero sujeto polÃtico.
Pero esas ideas, como él mismo reconoce, ya no emocionan. Y ese es quizá el sÃntoma más grave de todos.
Porque los proyectos históricos no se sostienen solo con cálculos. Se sostienen con fe.
Y Europa ha perdido la fe en sà misma.
Mientras tanto, en el horizonte, se acumulan las señales de un mundo en tensión: guerras que no terminan, conflictos que se expanden, estrechos marÃtimos —como Ormuz— que pueden decidir el precio de la energÃa y el equilibrio global, decisiones que ya no se toman en Bruselas, sino en Washington, Moscú o PekÃn.
Europa, que una vez quiso ser árbitro, corre el riesgo de convertirse en espectador.
No es un colapso inmediato. Es algo más sutil. Más peligroso.
Es la lenta pérdida de relevancia.
Como esas grandes ciudades que fueron capitales del mundo y que un dÃa descubren, sin que nadie se los anuncie, que las decisiones importantes ya no se toman en sus salones.
Al final, la advertencia de Prodi no es solo sobre el gas, ni sobre Trump, ni sobre Rusia.
Es sobre el tiempo.
Sobre la capacidad —o la incapacidad— de un continente para entender en qué momento de la historia se encuentra.
Porque los pueblos no desaparecen de un dÃa para otro.
Desaparecen cuando dejan de ser necesarios.
Y Europa, si no vuelve a pensarse como unidad, corre el riesgo de convertirse en eso: una memoria admirable, pero irrelevante.
Una civilización que enseñó al mundo a organizarse, pero que ya no sabe organizarse a sà misma.
Y entonces, sin ruido, sin guerra, sin derrota visible, simplemente dejará de contar.








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