Una apuesta de alto riesgo: ¿Elegir al Menos Corrupto?
En muchas democracias, la elección de nuestros representantes se ha transformado en una especie de apuesta cínica: la de elegir a quien, creemos, robará menos el dinero del Estado. Esta mentalidad, aunque comprensible dada la frustración con la corrupción sistémica, es profundamente peligrosa y revela una rendición tácita ante un mal que deberíamos erradicar, no simplemente gestionar.
El solo hecho de que esta sea una opción de debate público es un síntoma grave de la enfermedad política que padecemos. No deberíamos estar discutiendo grados de deshonestidad, sino exigiendo una honestidad total e innegociable. Al aceptar la premisa de que "todos roban, pero unos menos", legitimamos la corrupción como un costo inevitable de la gobernanza. Esto diluye la responsabilidad, desincentiva la transparencia y, peor aún, rebaja las expectativas ciudadanas al nivel del cinismo.
Apostar por el "menos ladrón" es también una estrategia de alto riesgo, ya que se basa en una suposición: ¿Cómo medir quién tiene una vocación menor por el desfalco? La experiencia nos ha demostrado que las promesas de moderación en el robo suelen ser tan vacías como cualquier otra promesa de campaña. El foco se desvía de la capacidad, la visión de país y la ética para centrarse en una dudosa promesa de contención de daños.
La verdadera apuesta que debemos hacer como sociedad es por la institucionalidad fuerte, la rendición de cuentas estricta y la justicia implacable contra todo acto de corrupción, sin importar el partido o el cargo. Solo cuando exijamos y forcemos un cambio de paradigma —donde la corrupción no sea una variable para considerar, sino un delito a perseguir— podremos dejar de hacer apuestas en la oscuridad y empezar a construir un futuro basado en la confianza y el servicio público genuino. El dinero del Estado no es una bolsa de la que se permite tomar "un poquito"; es el patrimonio de todos, y debe ser gestionado con pulcritud absoluta.




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