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Teoría de Juegos y tránsito





Los sistemas donde interactúan seres humanos son, por definición, complejos. Demasiadas variables confluyen en [y desde] cada individualidad como para poder establecer un modelo predictivo confiable. La “Psicología de las Masas” es un vano intento racional de predecir comportamientos grupales; al igual que la “psicohistoria”, que siendo el intento más serio de Asimov, recurrió a la literatura, no a la ciencia.

El Pensamiento Complejo, la Teoría del Caos y la Teoría de Juegos, constituyen enfoques rigurosos para intentar identificar patrones colectivos. Si a ello agregamos supercomputación cuántica e Inteligencia Artificial, cada vez nos acercamos al conocimiento anhelado: saber cómo se comportarán los seres humanos en determinados escenarios (aunque los rabinos dicen que en la Torá ya eso está escrito).

Es materialmente imposible que las medidas de mejora del tránsito anunciadas por el gobierno tengan un resultado favorable. Aunque claro, fiel a su predecible política de comunicación, el gobierno apuesta al anuncio más que a la solución. Lo importante es el hito informativo, el evento, el lanzamiento, el discurso, las fotos y las tendencias artificiales en redes sociales.

Lo otro, lo de la solución real para el problema más simple que tiene el gobierno –el del tránsito–, es enfrentado con parches coyunturales que, para colmo, generan rechazo, críticas, memes y burlas. El problema es simple, porque a diferencia de los retos en educación, energía, salud o seguridad, es un problema reciente, no estructural; y sus soluciones están diagnosticadas (¡y hasta presupuestadas!). Que sí, que hacen falta recursos, voluntad política y material colgante para implementar las soluciones… pero están ahí, escritas.

En un sistema cerrado –donde todos los jugadores conocen las reglas, las cumplen o pagan el costo del incumplimiento– lo que se nos vende como “solución”, quizás podría serlo. El problema del tránsito está dado en un sistema abierto, donde confluyen muchas externalidades; no hay incentivos ni sanciones, y las reglas cambian constantemente. El Dilema de Nash está a la orden del día (en cada esquina) y reorganizar el flujo mediante prohibiciones de giros es tan eficiente como barajar todas las fichas de un dominó buscando agilizar el juego: al final, se mantienen las mismas fichas.

O ni siquiera, porque todos los meses hay más motores y vehículos en las mismas calles que mantienen su ancho de vía inalterado. El gobierno no ha logrado implementar todos los corredores anunciados; las ampliaciones del metro no están listas; y de la licitación para el sistema de transporte masivo, no existen ni los TDRs.

A 2025, las autoridades del gobierno encargadas del tránsito –las que no tienen la capacidad de hacer que un motorista se pare en rojo–, anuncian la solución de problemas mayores con medidas cosméticas. Sin masificación inmediata del transporte, todo intento que busque mejorar el tránsito está condenado al fracaso, lo demás son cantos de sirena.

El gobierno aplica la teoría de juegos en el tránsito de la peor manera posible: jugando con nosotros.

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