236 muertos
Tres meses después, todo está consumado. La estrategia –porque hubo una estrategia– ha sido exitosa. Los muertos a los nichos y los vivos a sus líos. Es ley de vida y la vida no se queda con nada.
La tragedia del Jet Set, independientemente del resultado judicial, dejará una honda herida en la psiquis colectiva, y, dependiendo del manejo, puede que reconfirme la idea de que lo de la igualdad de todos ante la ley es mentira; que el poder protege a sus protegidos; que la justicia y el Ministerio Público tienen sus favoritos (independientemente de que sea cierto o no); o puede que sea el punto de inflexión que legitime la necesidad de quiebre social.
A tres meses de la tragedia, y visto el derrotero judicial que está tomando (porque lo mediático está sobradamente definido), es necesario recordar que fueron 236 personas las que perdieron la vida. Y ni hablar de los 174 huérfanos y 180 heridos.
Y sí, hoy es necesario recordar esto, antes de que se olvide. Antes de que nos obliguen a olvidarlo. Antes que la impunidad, la complicidad y la relativización nos obliguen a olvidar una tragedia que pudo evitarse. Antes que la necesidad de supervivencia cotidiana nos haga relegar en el anecdotario de los números sin rostros a tantas víctimas.
Antes de que se nos olvide, es necesario recordar que fueron seres humanos que murieron ahí; gente inocente; con sueños y anhelos; gente con familia; gente que confió en la seguridad que brindaba un negocio privado.
Lo de la determinación de culpas o niveles de responsabilidad de los señores Antonio y Maribel Espaillat se determinará en la justicia. La verdadera responsabilidad es la compartida, la que nos compete a todos. La de un Estado irresponsable que renunció por décadas a su obligación de supervisión; la de unos legisladores que, sin el mayor pudor, han renunciado al deber de dotar al país de un Código Penal moderno y actualizado; la de una justicia que toca la misma melodía con guitarra y con violín, según convenga.
Los políticos dominicanos hacen mutis, no dicen nada. Todos. De todos los partidos, colores o siglas. Es más fácil delegar en los jueces el establecimiento de responsabilidades que asumir responsablemente posiciones propias. Es más fácil mirar para otro lado y dejar que el entramado opere; que el sistema se auto compense; que los favores realizados se paguen; que los pactos de lealtades se cumplan; que los ríos subterráneos del poder sigan su curso… a pesar de estar rojos de sangre.
La responsabilidad que hay que enfrentar no es sólo penal o civil, es también social. No sólo es individual, es colectiva, y se reparte entre políticos, empresarios, sacerdotes, pastores [etc.], medios y periodistas (muchos de los cuales han renunciado a su rol de preguntar y señalar, prefiriendo obviar, “chancear” o callar).
Bajo el techo colapsado del Jet Set yacen 236 muertos, pero, ¿también quedará aplastada la verdad?

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