Hacia dónde vamos con tanta violencia: Entre la indolencia oficial y la intolerancia social
La sociedad dominicana asiste, entre el asombro y la desazón, a una escalada de violencia que parece no tener freno ni piedad. Cada día, las páginas de los diarios y las pantallas de nuestros teléfonos se inundan de sucesos que evidencian una preocupante pérdida de la cordura colectiva. Riñas por un roce vehicular que terminan en tragedias, feminicidios que destrozan familias enteras, asaltos a plena luz del día y una alarmante agresividad en las calles nos obligan a plantearnos una pregunta desgarradora pero urgente: ¿Hacia dónde vamos con tanta violencia?
El panorama actual revela una doble problemática que alimenta este círculo vicioso: por un lado, una preocupante indiferencia por parte de las autoridades llamadas a garantizar la seguridad y el orden; por el otro, un estado de intolerancia generalizado en la población que dinamita los cimientos de la convivencia pacífica.
La respuesta ausente: Una autoridad que mira hacia otro lado
Es imposible analizar este fenómeno sin señalar la responsabilidad del Estado. La ciudadanía percibe, con justa razón, que las políticas de seguridad ciudadana se quedan muchas veces en discursos e intenciones, mientras que la realidad en los barrios y comunidades sigue siendo de desamparo.
* Falta de prevención e inteligencia social: Los planes oficiales suelen ser reactivos. Se militarizan las calles temporalmente después de que ocurre un hecho atroz, pero no se trabaja en las raíces del problema, como la falta de oportunidades, la salud mental comunitaria y el microtráfico.
* Impunidad y debilidad institucional: Cuando la justicia es lenta o se percibe como selectiva, se debilita el imperio de la ley. La falta de un régimen de consecuencias severo y ejemplarizante para quienes violan la ley envía un mensaje peligroso: en esta tierra, la fuerza se impone sobre el derecho.
* Desconexión de la realidad local: Las autoridades centrales muchas veces diseñan estrategias desde escritorios en la capital, ignorando las particularidades y carencias de las provincias, donde la precariedad de los servicios de vigilancia y mediación de conflictos es aún más evidente.
La mecha corta: Una población al límite
Sin embargo, no toda la culpa puede recaer en el uniforme o el despacho público. Como sociedad, debemos mirarnos en el espejo y asumir una dolorosa cuota de responsabilidad. Vivimos en una cultura de "mecha corta", donde el diálogo ha sido sustituido por el grito, y el respeto por el atropello.
La intolerancia se ha convertido en la norma de conducta diaria. Se palpa en el tránsito enloquecido, en las discusiones vecinales por el volumen de la música o la disputa de un espacio, y en la alarmante incapacidad de resolver cualquier diferencia mediante la palabra. Pareciera que el ciudadano común vive en un estado constante de defensiva y hostilidad, donde ceder el paso o pedir disculpas es visto de manera errónea como un signo de debilidad.
Esta erosión del tejido social es el caldo de cultivo ideal para que cualquier chispa de convivencia termine en una tragedia irreparable. Nos estamos acostumbrando a la violencia, y ese es, quizás, el mayor de los peligros: la naturalización del horror.
¿Hay salida? El camino del desarme moral y la acción real
Continuar por este sendero nos conduce irremediablemente hacia una sociedad invivible, gobernada por la ley del más fuerte y el miedo generalizado. Para revertir este rumbo, se requiere un compromiso auténtico y compartido.
Las autoridades deben abandonar la inercia y pasar de la retórica a las acciones contundentes, mejorando la vigilancia, depurando los cuerpos de orden y aplicando la ley sin importar apellidos ni rangos. Pero, en igual medida, las familias, las escuelas, las iglesias y los medios de comunicación debemos liderar una cruzada urgente por el desarme moral.
Necesitamos volver a enseñar y practicar la empatía, la paciencia y el respeto al prójimo. Salvar a nuestra sociedad de la barbarie requiere que el Estado asuma su rol de protector de manera eficaz, y que cada uno de nosotros decida, en su día a día, poner freno a la intolerancia. Todavía estamos a tiempo de cambiar el rumbo, antes de que sea demasiado tarde.





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