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La realidad no se decreta, se vive en el bolsillo


SeƱor Gobierno, con el respeto que su investidura merece, pero con la urgencia que el hambre dicta: tenemos que llevarle la contraria. Desde los despachos oficiales y las ruedas de prensa, las cifras macroeconómicas parecen contar una historia de estabilidad y control. Sin embargo, en la acera de enfrente —esa donde la gente comĆŗn intenta estirar el salario— la narrativa es otra, mucho mĆ”s cruda y costosa.

Afirmar que la inflación estĆ” «bajo control» es un tecnicismo que choca de frente con el carrito del supermercado. No se trata de una percepción subjetiva ni de un pesimismo infundado; es la realidad aritmĆ©tica de las familias que hoy compran menos con lo mismo que ganaban ayer.

Los alimentos no han subido de precio; han dado un salto que deja a la clase trabajadora sin aliento. Productos esenciales como el arroz, el aceite, las carnes y los vegetales han registrado incrementos que superan cualquier ajuste salarial reciente.

Muchas familias han tenido que sustituir calidad por cantidad, o simplemente eliminar tiempos de comida. Mientras el discurso oficial habla de soberanĆ­a alimentaria, el productor sufre el alza de insumos, un costo que termina pagando el consumidor final en el mostrador.

Si el costo de la comida es una bofetada diaria, el de los servicios pĆŗblicos es un golpe bajo mensual. La electricidad y otros servicios, lejos de estabilizarse, presentan facturaciones que parecen ignorar la calidad del servicio prestado.

«No se puede pedir austeridad al pueblo cuando el costo de la vida bĆ”sica se ha convertido en un lujo.»

El problema de fondo es la desconexión. Mientras el Gobierno se apoya en promedios y porcentajes globales, el ciudadano se apoya en la realidad de su billetera vacĆ­a. Ignorar que el costo de la vida ha subido en todos los frentes —alimentos, transporte y servicios— no solo es un error de lectura económica, es una falta de empatĆ­a polĆ­tica.

Señor Gobierno, la estabilidad no se decreta en un boletín oficial. La verdadera estabilidad se siente cuando una madre no tiene que elegir entre pagar la luz o comprar la leche. Por ahora, esa paz económica es, lamentablemente, una ficción que no llega a la mesa de los ciudadanos.

Los datos podrƔn decir lo contrario, pero los precios no mienten.

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