El suroeste en la penumbra: castigo permanente de EDESUR
La paciencia de la región Enriquillo y de todo el Suroeste dominicano no solo se está agotando; se está quemando en el altar de la ineficiencia. Las provincias de Barahona, Pedernales, Independencia y Bahoruco asumen diariamente un costo que no les corresponde: pagar una de las tarifas eléctricas más altas de la región a cambio de un servicio que se asemeja más a un racionamiento de tiempos de crisis que a la modernidad prometida.
Los apagones en el Suroeste ya no son interrupciones programadas ni «mantenimientos preventivos», el eufemismo favorito de los comunicados oficiales. Son apagones que simplemente no cesan. Horas y horas a oscuras, interrumpiendo el comercio local, dañando los electrodomésticos comprados con el sudor del trabajo humilde y, lo peor de todo, arrebatándole la tranquilidad y el sueño a miles de familias que deben soportar temperaturas asfixiantes sin un ventilador que alivie la noche.
Si el problema fueran solo los cortes planificados, la población, con su histórica resiliencia, buscaría la forma de adaptarse. Pero el verdadero calvario comienza cuando ocurre una avería. Lo que en cualquier distrito urbano del centro del país se resuelve en un par de horas, en los pueblos del Suroeste se convierte en una odisea de días.
Las brigadas de EDESUR parecen operar bajo una geografía del olvido. Un transformador explotado o un tendido eléctrico en el suelo se reportan hoy, pero la respuesta llega cuando el daño económico y el hastío social ya han tocado fondo.
Esta alarmante lentitud para resolver las averías deja en evidencia la falta de equipos y suministros básicos en las oficinas provinciales, obligando a esperar soluciones que vienen desde la capital y una alarmante falta de empatía institucional hacia una región que históricamente ha sido la última en la fila de las prioridades estatales.
Resulta contradictorio que, por un lado, se hable con bombos y platillos del despegue turístico de la región —con el desarrollo de Pedernales como punta de lanza— y, por el otro, se mantenga a las comunidades aledañas sumidas en la precariedad energética. Ningún aparato productivo se levanta a oscuras. Las carnicerías, los colmados, las pequeñas factorías y los salones de belleza del Suroeste están quebrando porque gastan más en combustible para plantas eléctricas que lo que generan en ganancias.
El Suroeste no está pidiendo dádivas. Sus ciudadanos van a los bancos y a las estafetas a pagar facturas que llegan puntuales, caras y con un rigor implacable. Esos mismos clientes tienen todo el derecho de exigir reciprocidad.
EDESUR no puede seguir tratando al Suroeste como un patio trasero. El castigo de la oscuridad y la desidia estatal tiene que parar. La empresa distribuidora debe reestructurar sus equipos de asistencia en la región, dotarlos de las herramientas necesarias y ofrecer una respuesta digna. De lo contrario, que no se sorprendan cuando el clamor de los pueblos pase de la queja silenciosa a la protesta legítima en las calles. La luz es un derecho, no un privilegio de la capital.









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