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Mirar el futuro desde el territorio: Fundamentando un Sueño




En nuestro artículo anterior compartimos una narrativa del avance económico dominicano, mirándonos desde el 2036, considerando cuatro polos de desarrollo que se vienen impulsando en el país. Ahora quiero conectar el sueño con fundamentos para lograrlo.

La economía no se puede explicar únicamente a partir de variables macroeconómicas tradicionales, sino también desde la organización territorial de la producción, la innovación, el comercio y la interacción de estas variables con el medio ambiente. A todo esto, la geografía económica muestra que el crecimiento tiende a concentrarse en espacios específicos donde interactúan personas, empresas, infraestructura, conocimiento y mercados.

Diversas líneas de pensamiento han contribuido a explicar este fenómeno, entre las cuales podemos referir: los polos de crecimiento, la nueva geografía económica, la teoría de clusters, los sistemas regionales de innovación, el desarrollo territorial endógeno y los corredores logísticos internacionales. Haciendo un recorrido (no exhaustivo), estos enfoques permiten entender por qué el desarrollo económico tiende, en buena medida, a estructurarse en ecosistemas productivos territoriales.

Más allá del análisis del presente y la coyuntura, estos enfoques adquieren mayor relevancia cuando se analizan desde la prospectiva estratégica y los cambios estructurales necesarios. En otras palabras, no se trata solo de explicar cómo se organizan hoy las economías, sino de adelantarnos, imaginar, construir y diseñar los territorios productivos del futuro.

En el caso de República Dominicana, realizar un “escaneo de horizontes” resulta particularmente relevante en el contexto de las estrategias de desarrollo para la próxima década y más allá, donde la diversificación productiva, la internacionalización y la competitividad territorial son determinantes del éxito país.

Una de las ideas más influyentes en la geografía económica es la teoría de los polos de crecimiento, desarrollada por François Perroux, destacando que el desarrollo no se distribuye de manera uniforme en el territorio, sino que se concentra inicialmente en ciertos núcleos dinámicos que generan efectos multiplicadores sobre el resto de la economía. Según referencias, podemos profundizar más en trabajos de: Jacques Boudeville, Gunnar Myrdal (“reflujo” y “propagación”) y Albert Hirschman (polarización).

Estos polos suelen estar asociados a grandes inversiones, infraestructura estratégica o sectores productivos con capacidad de arrastre. Varios proyectos, que refería en el artículo anterior, pueden interpretarse como polos de crecimiento en construcción, como son: en Pedernales – Cabo Rojo, como polo turístico del suroeste; Punta Bergantín, como un polo turístico e innovador en Puerto Plata; Manzanillo, como hub logístico y energético en el noroeste.

Si estos y otros proyectos siguen articulando infraestructura, inversión privada y encadenamientos productivos, podrían transformar profundamente la estructura territorial del crecimiento dominicano.

La Nueva Geografía Económica, impulsada por Paul Krugman, explica por qué las empresas tienden a concentrarse geográficamente. Factores como las economías de escala, la reducción de costos de transporte y los efectos de aglomeración generan ventajas cuando las empresas se ubican cerca unas de otras. Autores que identificamos para ampliar fundamentos: Masahisa Fujita (“The Spatial Economy”), Anthony Venables, entre otros.

Esta dinámica da lugar a la formación de clusters productivos, concepto desarrollado por Michael Porter, quien destaca que la competitividad internacional de una economía depende en gran medida de la concentración territorial de empresas, proveedores, instituciones y centros de conocimiento dentro de un mismo sector. A principios del siglo XX, ya se hablaba de “distritos industriales” para explorar las economías de aglomeración y la especialización productiva (Alfred Marshall). Más líneas de investigación para que fundamentemos: Ann Markusen, Michael Storper y Richard Walker, entre muchos otros.

La República Dominicana ya presenta varios ejemplos incipientes de esta lógica: Cluster turístico del Este (Punta Cana–Bávaro); Zonas francas industriales en el Cibao y Santo Domingo; Clusters logísticos emergentes vinculados a puertos y aeropuertos.

Christopher Freeman y Bengt-Åke Lundvall propusieron el concepto de sistema de innovación y el énfasis en la economía de aprendizajes, respectivamente. Este enfoque destaca que el desarrollo económico depende de la interacción entre empresas, universidades, centros de investigación, instituciones financieras y gobiernos locales.

Cuando estas redes funcionan adecuadamente, se crean ecosistemas de innovación territorial capaces de generar nuevas industrias y aumentar la productividad. A propósito de esta afirmación, el levantamiento de informaciones y referencias nos llevó a Björn Asheim, Philip Cooke, Kevin Morgan, Mikel Landabaso, Hans-Joachim Braczyk y otros, para aterrizar en la denominada teoría de los sistemas regionales de innovación.

En la República Dominicana, iniciativas que integren educación, tecnología y desarrollo territorial podrían desempeñar un papel clave. El proyecto de Punta Bergantín, con su componente académico y tecnológico, podría evolucionar hacia un modelo cercano a este enfoque si logra articular universidades, emprendimientos y sectores productivos, pudiendo ser emulado en otras zonas del país.

El desarrollo territorial también puede surgir a partir de las capacidades propias de cada región. La teoría del desarrollo endógeno, asociada a Antonio Vázquez-Barquero y Sergio Boisier, enfatiza la importancia de activar los recursos locales, el capital social y las capacidades productivas regionales, muchas veces pasadas por alto. Este enfoque, al cual debemos prestar total atención, es especialmente relevante para países con territorios diversos como nosotros. Ejemplos para prestar atención: Turismo ecológico en Miches, Integración de productores agropecuarios al turismo en Pedernales, Desarrollo logístico en Monte Cristi aprovechando su posición geográfica.

Mirar el futuro desde esta perspectiva implica cuestionarnos sobre cuáles son las ventajas territoriales que pueden convertirse en motores económicos en las próximas décadas.

Desde la tradición estructuralista del desarrollo, autores como Raúl Prebisch y Albert Hirschman contribuyeron a enfatizar el papel de los encadenamientos productivos. Las inversiones estratégicas pueden generar efectos hacia atrás (demanda de insumos) y hacia adelante (nuevos sectores derivados). Ejemplo de un polo turístico, que puede estimular simultáneamente: agricultura, transporte, construcción, comercio, servicios especializados.

Por todo lo anterior, los grandes proyectos territoriales deben diseñarse no solo como inversiones aisladas, sino como plataformas para la transformación productiva. Por esto, la gran pregunta estratégica para el país no es únicamente dónde invertir hoy, sino qué territorios productivos quiere construir la República Dominicana hacia 2036, 2040, 2050, 2070, 2100.

La invitación es a no pensar el desarrollo como una extensión lineal del presente (forecasting), sino como un proceso deliberado y consistente de construcción del futuro. En este sentido, la fundamentación teórica ofrece algo más que un marco académico: proporciona herramientas conceptuales para diseñar territorios competitivos en el largo plazo.

El desafío consiste en pasar de un modelo de crecimiento basado principalmente en sectores dinámicos aislados a un modelo de ecosistemas territoriales integrados, capaces de generar innovación, encadenamientos productivos y exportaciones de alto valor.

Mirar el territorio desde el futuro (backcasting) implica, en última instancia, reconocer que la competitividad de un país también se construye geográficamente.

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