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Irán y el orden de Naciones Unidas de 1945



Santo Domingo.– Hay momentos en la historia en que un sistema político no cae, pero deja de imponer miedo.

No se derrumba de inmediato; simplemente pierde el aura que lo hacía parecer invencible.

Entonces comienza otra etapa, más lenta y más decisiva: la del desgaste interior, la del repliegue silencioso, la de las sustituciones inevitables.

Es lo que sugiere hoy la crisis iraní tras la muerte de su líder supremo y los golpes militares recibidos: el régimen puede sobrevivir, pero el equilibrio del Medio Oriente ya no será el mismo, porque algo decisivo ha empezado a moverse en la conciencia de los pueblos y de los Estados.

Los sistemas ideológicos de larga duración no se desintegran solo con un bombardeo ni con la eliminación de un hombre, por poderoso que haya sido.

Se construyen durante décadas y se sostienen con instituciones, cuerpos armados, redes de fidelidad, símbolos religiosos y una narrativa histórica que pretende justificar su permanencia.

La República Islámica de Irán, nacida de la revolución de 1979, no es una improvisación ni un simple caudillismo personal; es un aparato estatal-ideológico consolidado durante casi medio siglo.

Por eso es ilusorio imaginar que la muerte de su jefe espiritual equivalga automáticamente al derrumbe del sistema.

Habrá sucesores, habrá generales reemplazados, habrá discursos de resistencia. Así funcionan las maquinarias revolucionarias que han logrado institucionalizarse: cambian los rostros, pero preservan las estructuras.

Sin embargo, la historia enseña que los regímenes no se miden únicamente por su capacidad de sobrevivir, sino por su capacidad de proyectar poder y, sobre todo, de infundir temor en sus adversarios.

Cuando ese temor desaparece o se reduce, el régimen puede seguir existiendo formalmente, pero ya no domina el tablero estratégico.

Es el instante exacto en que comienza el declive, aunque todavía no se vea el final, como una casa antigua que sigue en pie mientras sus cimientos empiezan a ceder sin ruido bajo el peso de los años.

Durante décadas, Irán construyó una forma peculiar de hegemonía regional que no descansaba solo en su ejército regular, sino en un entramado de fuerzas indirectas: milicias, movimientos armados, aliados ideológicos que actuaban como prolongaciones de su política exterior.

Ese "anillo de fuego" —extendido por Líbano, Gaza, Yemen, Siria e Irak— servía para presionar a Israel, disuadir a los países árabes sunníes y proteger al propio régimen.

Era una estrategia de poder asimétrico: no buscaba vencer frontalmente a sus enemigos, sino rodearlos, hostigarlos y mantenerlos en permanente incertidumbre, como quien enciende pequeñas hogueras alrededor de una fortaleza para que el enemigo nunca duerma en paz.

Ese modelo comenzó a resquebrajarse cuando las respuestas militares en la región debilitaron progresivamente a esos aliados y cuando los conflictos internos de varios países árabes desarticularon la red de influencia iraní.

Ahora, con los golpes recientes y la desaparición física del líder que personificaba la continuidad de la revolución, la imagen de invulnerabilidad del régimen ha sufrido su mayor impacto desde su nacimiento. Por eso la imagen, en política internacional, pesa tanto como los tanques, porque es la que determina lo que los adversarios creen posible o imposible.
No es la primera vez que el mundo presencia un fenómeno semejante.

La Unión Soviética siguió existiendo años después de haber perdido su capacidad de intimidar a Europa del Este. Los regímenes comunistas no cayeron el día en que se debilitó su economía o en que fracasaron sus intervenciones exteriores; cayeron cuando los pueblos dejaron de creer que Moscú podía intervenir en cualquier momento para aplastar una rebelión.

La pérdida del miedo precedió al colapso político. El imperio seguía en pie, pero su autoridad moral y estratégica se había evaporado, y en ese vacío comenzó a crecer la libertad.

Algo parecido ocurrió con otros sistemas autoritarios del siglo XX. El nazismo no murió con el primer bombardeo aliado, ni el Japón imperial con la primera derrota naval; sobrevivieron durante un tiempo, sustituyeron mandos, reorganizaron defensas.

Sin embargo, a partir de ciertas derrotas clave, el mundo comprendió que ya no podían imponer su voluntad global. El aparato continuó funcionando, pero el aura de invencibilidad se había roto, y con ella comenzó la cuenta regresiva de la historia.

En la República Dominicana conocemos bien esa lógica profunda. La muerte de Trujillo en 1961 no significó el fin inmediato del trujillismo. El sistema sobrevivió en instituciones, en mentalidades, en funcionarios formados bajo la dictadura. Hubo continuidad administrativa y reciclaje político.

Pero el día en que el tirano cayó, el miedo estructural comenzó a desvanecerse. A partir de entonces, el régimen ya no podía reproducirse en su forma original, aunque muchas de sus prácticas persistieran durante años.

Muere el hombre; el sistema se recicla, se adapta o se descompone lentamente, como una maquinaria que sigue girando por inercia mientras pierde la fuerza que la movía.

Aplicada al caso iraní, la lección es clara. La República Islámica no desaparecerá de un día para otro.

Posee fuerzas armadas, aparato ideológico, recursos económicos y una burocracia leal. Sin embargo, si pierde su capacidad de intimidar a sus vecinos y de proyectar poder a través de sus aliados regionales, su naturaleza estratégica cambiará inevitablemente.

De potencia expansiva pasará a potencia defensiva; de actor que amenaza pasará a actor que busca preservar su estabilidad interna. Y ese tránsito, aunque no implique la caída inmediata del régimen, altera profundamente el equilibrio del Medio Oriente, porque modifica la psicología del poder, que es la verdadera materia de la geopolítica.

Los países árabes que durante años calibraron sus políticas en función de la influencia iraní podrían empezar a actuar con mayor autonomía.

Israel, que ha vivido bajo la sombra de un cerco indirecto, evaluará nuevos márgenes de maniobra.

Las grandes potencias, siempre atentas al balance regional, reinterpretarán sus alianzas y prioridades.

No se trata solo de un cambio militar, sino mental: el mapa del poder se redefine cuando un actor deja de parecer omnipresente y comienza a ser percibido como vulnerable.

Pero la historia también advierte contra los triunfalismos prematuros. Los sistemas ideológicos debilitados suelen reaccionar con mayor dureza para demostrar que siguen vivos.

Recurrren a golpes de efecto, a discursos radicalizados o a operaciones de represalia que intenten restablecer la imagen de fuerza perdida.

Esa fase de transición es siempre peligrosa, porque combina la debilidad estructural con la necesidad de exhibir fortaleza.

De ahí que el desenlace permanezca incierto y que la región pueda atravesar un período de tensiones imprevisibles antes de alcanzar un nuevo equilibrio.

Al final, la cuestión decisiva no es si el régimen iraní sobrevivirá formalmente, sino qué tipo de actor será en el futuro. Si continúa existiendo, pero ya no puede sostener su red de influencia ni imponer temor estratégico, su poder real habrá entrado en una fase de declive histórico.

Es cuando un sistema entra en declive, que todo el entorno geopolítico comienza a reorganizarse, como ocurrió tras la caída del bloque soviético, cuando países y alianzas redescubrieron grados de libertad que parecían imposibles años antes.

Las transformaciones profundas no se anuncian siempre con un derrumbe espectacular; a veces se revelan con un silencio distinto en la región, con la desaparición de un miedo antiguo, con la sensación difusa de que el orden establecido ya no es inmutable.

Entonces, aunque las instituciones sigan en pie y los discursos continúen, la historia ha girado discretamente de rumbo.

Naciones Unidas

Es en ese punto donde el análisis geopolítico se encuentra ahora con referencia a la gran arquitectura moral que nació en 1945.

La historia de las Naciones Unidas no puede comprenderse sin remontarse a la experiencia traumática de las dos guerras mundiales y al propósito consciente de evitar que la humanidad volviera a precipitarse en el abismo de los totalitarismos.

Cuando Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill imaginaron el sistema internacional que surgiría tras la guerra, no pensaron solo en un mecanismo diplomático para arbitrar disputas entre Estados, sino en un orden moral y político destinado a garantizar que la dignidad humana, la libertad y la democracia constituyeran el fundamento de la paz duradera.

Ese fue el espíritu original de la Carta de las Naciones Unidas: la convicción de que la estabilidad global no podía edificarse sobre la tiranía ni sobre el desprecio sistemático de los derechos humanos.

La ONU fue concebida como una comunidad de naciones libres o encaminadas a serlo, donde la legitimidad política descansara en el respeto a la persona humana y no en la imposición de dogmas ideológicos o religiosos por la fuerza del Estado.

Desde esta perspectiva histórica, la eventual derrota o debilitamiento del régimen de los ayatolás —si se consolida esta debilidad en los hechos— representa mucho más que un acontecimiento geopolítico en el Medio Oriente.

Significa, en su dimensión más profunda, el desgaste de un modelo de poder que durante décadas desafió abiertamente el ideal universal proclamado en San Francisco en 1945.

La teocracia iraní organizó su estructura política sobre la supremacía de la autoridad religiosa y subordinó los derechos individuales, la libertad de expresión y la pluralidad política a la interpretación exclusiva de una élite clerical que se consideraba depositaria de la verdad absoluta.

Esa concepción del poder chocaba frontalmente con la noción de soberanía popular que inspiró a los fundadores de la ONU.

Mientras el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial buscaba promover gobiernos responsables ante sus ciudadanos y comprometidos con los derechos fundamentales, el sistema instaurado en Irán tras la revolución de 1979 erigió un Estado donde la legitimidad emanaba de la doctrina religiosa y no del consentimiento libre de la sociedad.

En tal esquema, la disidencia política fue reprimida, las protestas sociales sofocadas y la vida pública condicionada por un aparato ideológico que no admitía pluralismo real.

Por ello, el debilitamiento de ese régimen no debe interpretarse únicamente como la victoria de una potencia sobre otra, ni como el resultado de una operación militar aislada.

Debe entenderse como el desenlace de una larga confrontación histórica entre dos concepciones antagónicas del orden mundial: una basada en la universalidad de los derechos humanos y otra fundada en la supremacía de un poder teocrático que se arroga el derecho de moldear la sociedad conforme a su visión doctrinal.

Durante décadas, la República Islámica proyectó su influencia más allá de sus fronteras mediante redes ideológicas y militares que pretendían redefinir el equilibrio regional.

Esa estrategia no solo desestabilizó a varios Estados del Medio Oriente, sino que mantuvo abierta una tensión permanente con el sistema internacional que aspiraba a regular los conflictos a través de normas multilaterales y acuerdos diplomáticos.

Así, Irán se convirtió en un desafío persistente para el orden concebido por Roosevelt y Churchill: no tanto por su poder material, sino por su vocación de cuestionar la legitimidad misma de ese orden.

Sin embargo, la experiencia histórica aconseja prudencia.

Las revoluciones y las caídas de regímenes autoritarios no conducen automáticamente a sistemas democráticos estables.

A menudo abren períodos de transición complejos, donde viejas estructuras de poder se resisten a desaparecer y nuevas fuerzas sociales pugnan por definir el rumbo del Estado.

La verdadera prueba del triunfo del orden de 1945 no será solo la desaparición de un régimen teocrático, sino la capacidad de construir instituciones que garanticen efectivamente la libertad, la participación política y el respeto a la dignidad humana.

El futuro de Irán tendrá, por tanto, un valor que trasciende sus fronteras. Si logra encaminarse hacia un sistema donde el poder emane del consentimiento de sus ciudadanos y donde la ley proteja los derechos fundamentales sin distinción, el mundo asistirá a la confirmación de que los principios proclamados en 1945 no fueron una utopía pasajera, sino una guía histórica para la evolución de las naciones.

Pero si el vacío de poder deriva en nuevas formas de autoritarismo o en conflictos internos prolongados, la lección será que la caída o el debilitamiento de un régimen no basta por sí sola para materializar los ideales de libertad y democracia.

Aun así, desde una perspectiva histórica amplia, el desgaste de los ayatolás simboliza la persistencia de un principio fundamental: que el orden internacional nacido tras la Segunda Guerra Mundial no puede consolidarse sobre sistemas que niegan de manera estructural los derechos esenciales de sus pueblos.

Cada vez que un régimen que desafía esos valores pierde su capacidad de imponerse, se reafirma, al menos en el plano moral, la vigencia del proyecto que Roosevelt y Churchill imaginaron para impedir que la humanidad volviera a sucumbir a la tiranía.

La historia contemporánea parece así cerrar un ciclo sin ruido de trompetas ni estrépito de estatuas derribadas.

La teocracia que surgió en 1979 como desafío ideológico al orden liberal internacional enfrenta ahora su hora de desgaste, esa hora lenta en que los imperios todavía existen, pero ya no asustan. Y cuando un poder deja de infundir temor, comienza a envejecer, aunque conserve sus banderas y sus discursos.

En el fondo, la enseñanza es la misma que la historia dominicana dejó grabada en 1961: muere el hombre y el sistema se recicla; pero desde ese día ya no vuelve a ser el mismo.

Porque el orden de 1945 no se impone solo por la fuerza de las armas, sino por la persistencia de una idea: que la paz duradera solo puede edificarse sobre la libertad, la dignidad humana y el consentimiento de los pueblos. Y esa idea, a pesar de todas las crisis, sigue siendo la que prevalece.

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