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El veneno del poder: industrias que contaminan y autoridades que callan




La miniserie polaca Niños de Plomo, disponible en la plataforma Netflix, irrumpe en pantalla como un recordatorio incómodo de una verdad que muchos países aún prefieren ignorar: cuando la industria opera sin controles y el Estado decide mirar hacia otro lado, la salud pública se convierte en una víctima silenciosa. Basada en hechos reales ocurridos en la Polonia de 1970, la producción reconstruye la intoxicación masiva de niños expuestos al plomo emitido por una planta metalúrgica. Sin embargo, su fuerza no radica únicamente en la denuncia histórica, sino en su capacidad para interpelar al presente.

Lo que en la serie se presenta como tragedia histórica, en República Dominicana y en otros países de América Latina se vive y tolera como si fuese rutina contemporánea. Niños de Plomo es, además, un espejo que refleja lo que ocurre hoy en muchos lugares dominicanos donde la contaminación industrial se ha normalizado como si fuera parte inevitable del progreso.

La normalización de lo mal hecho en RD

En Niños de Plomo, el polvo metálico que cae sobre los patios, los niños con síntomas neurológicos y las madres desesperadas se vuelven parte del paisaje. En República Dominicana, esa misma normalización ocurre en:

Haina, uno de los polos industriales más contaminados del hemisferio, donde por décadas las emisiones químicas, los vertidos industriales y la mala gestión de residuos han afectado la salud de miles de personas.

Cotuí y zonas mineras, donde comunidades denuncian contaminación de ríos, polvo químico y presencia de metales pesados en suelos y aguas.

La Central Termoeléctrica Punta Catalina, cuyos impactos en la calidad del aire y en la salud respiratoria de la población de Peravia han sido señalados por organizaciones ambientales y estudios independientes.

Zonas francas textiles y metalmecánicas, donde el vertido de aguas residuales sin tratamiento y el uso de solventes tóxicos continúan siendo prácticas frecuentes.

El Gran Santo Domingo, donde la quema de residuos, los vertederos improvisados y la contaminación del Ozama e Isabela afectan a millones de personas.

En todos estos casos, la contaminación se ha vuelto tan cotidiana que muchos ya ni siquiera la cuestionan. Y esa resignación es, quizá, el síntoma más peligroso para la salud de toda forma de vida: humana, animal y vegetal. Niños de Plomo obliga a los burócratas gubernamentales, a los empresarios rentistas y al liderazgo político, profesional y social a mirar de frente una realidad que aún persiste: la vida humana no puede seguir siendo sacrificada en nombre de un supuesto progreso económico.

La confabulación del poder: cuando proteger al contaminador vale más que cuidar la vida

Las historias que rodean a Niños de Plomo revelan cómo políticos, burócratas, médicos y empresarios sin escrúpulos pueden alinearse para ocultar la verdad y minimizar los efectos devastadores de la producción sucia. En República Dominicana, ese patrón se repite con inquietante exactitud: se otorgan permisos ambientales sin estudios rigurosos, la fiscalización es débil o inexistente, los expedientes ambientales se estancan en los tribunales, algunos empresarios operan con estándares medioambientales propios de siglos pasados, las autoridades desestiman las denuncias comunitarias y ciertos periodistas y comunicadores guardan silencio por miedo o conveniencia.

Cuando quienes están llamados a proteger la vida y los derechos fundamentales se confabulan —por acción, omisión o intereses perversos—, la salud pública queda desamparada y la impunidad termina convirtiéndose en política de Estado.

El capitalismo de hierro: riqueza para unos, enfermedad para muchos

Niños de Plomo revela, con datos y testimonios, la estructura de poder que permite a empresarios y funcionarios actuar con una frialdad calculada frente a la vida humana. La obra documenta cómo decisiones tomadas en despachos corporativos y oficinas públicas terminan cobrando un costo irreparable en comunidades vulnerables. Más que un caso aislado, expone un patrón: la acumulación de riqueza y la preservación de cuotas de poder prevalecen sobre cualquier consideración ética, mientras la infancia —el sector más indefenso— queda atrapada en un engranaje donde la negligencia y la impunidad se vuelven norma.

El modelo de capitalismo salvaje y rentista que expone la miniserie también se reproduce en numerosas industrias, fábricas y empresas dominicanas. Se observa en prácticas como la contaminación de ríos y acuíferos por parte de ciertos complejos industriales; la emisión de partículas tóxicas sin controles ambientales adecuados; la destrucción de bosques, humedales y zonas protegidas para expandir operaciones fabriles; y la instalación de plantas energéticas cuyos impactos comprometen la salud y la calidad de vida de comunidades enteras.

Dicho en pocas palabras, resulta penoso —y profundamente vergonzoso— que, en pleno siglo XXI, existan empresarios que, en complicidad con funcionarios gubernamentales y políticos sin escrúpulos, sean capaces de envenenar a la población para engordar sus balances financieros, mientras las autoridades competentes permanecen de brazos cruzados e indiferentes.

El poder de la gente: la única fuerza capaz de romper la impunidad

Niños de Plomo no es solo una serie histórica: es una advertencia. En un mundo donde la presión por producir más y más rápido continúa intensificándose, esta historia recuerda que la salud pública jamás puede convertirse en el precio del desarrollo. Ningún bien ni servicio tiene verdadero valor si, para existir, envenena el aire que respiran las personas. El progreso pierde sentido cuando sacrifica vidas.

La contaminación industrial, tanto en República Dominicana como en otros países del mundo, continúa generando enfermedades respiratorias, daños neurológicos y degradación ambiental. Y, como en la serie, muchas veces los afectados son los más pobres, los menos visibles, los que no tienen voz en las mesas donde se toman decisiones.

Uno de los mensajes clave de Niños de Plomo es la fuerza de la ciudadanía organizada.

La doctora que se niega a callar, las familias que exigen respuestas, los vecinos que se unen… Ese es el punto de inflexión.

Al igual que ocurrió en la Polonia de los años setenta, la historia reciente de la República Dominicana confirma que la presión social sigue siendo un freno efectivo frente a prácticas contaminantes. Movilizaciones como la defensa de Loma Miranda, las acciones por la protección del Yaque del Norte, las denuncias sobre la degradación de los ríos Ozama e Isabela, o las protestas por la salud ambiental en Haina y Boca Chica han obligado a las autoridades a reaccionar. A ello se suman los campamentos y manifestaciones que detuvieron la instalación de la planta de Cemento PANAM del Grupo Estrella en Los Mogotes, entre otras expresiones de resistencia comunitaria.

En países donde los recursos naturales no renovables sufren un deterioro acelerado, producto de la confabulación deliberada entre representantes del capitalismo salvaje y políticos corruptos, el empoderamiento ciudadano se convierte en la principal barrera frente a la producción sucia y la degradación ambiental. Niños de Plomo revela con crudeza un triángulo de poder que se repite en muchas naciones: industrias que contaminan, autoridades que protegen las malas prácticas empresariales y actores dispuestos a financiar sicarios para silenciar a quienes tienen la valentía de denunciar lo mal hecho.

Una advertencia que difícil de ignorar

Niños de Plomo no es solo una miniserie de Netflix: es una denuncia en contra de empresarios rentistas y políticos que no predican con el ejemplo. Es, además, un advertimiento para funcionarios gubernamentales que firman permisos sin supervisión. Es, también, una advertencia responsable a industrias que creen que la vida humana es un costo operativo. El referido audiovisual les recuerda a los jueces que olvidan que su función es proteger y aplicar justicia, no encubrir. Igualmente, sanciona a las autoridades ambientales que confunden desarrollo con devastación. Del mismo modo, evoca a periodistas ´para que sean mensajeros de la verdad, no defensores de los que envenenan el aire, el cual es esencial para la vida.

En definitiva, el progreso no se construye respirando veneno

Niños de Plomo testimonia que la indiferencia es tan letal como el veneno, hoy no basta con lamentarse en silencio. Frente a industrias que repiten viejas prácticas de contaminación impune, la ciudadanía debe dejar claro que ningún negocio tiene derecho a enfermar a un pueblo. La salud no es una concesión: es un derecho que se exige. Y cuando ese derecho se viola, la sociedad tiene la obligación moral de confrontar, denunciar y movilizarse sin titubeos.

El progreso auténtico no teme a la regulación ni a la transparencia; solo la codicia sin límites y la confabulación dañina rehúyen el resplandor de la luz. Por eso, frente a quienes disfrazan de “desarrollo y progreso” lo que en realidad es devastación, la respuesta debe ser firme: no aceptar un futuro hipotecado por la contaminación ni permitir que la vida sea el precio de una riqueza que termina en los bolsillos de unos pocos. La valentía de la protagonista de Niños de Plomo, la pediatra Wadowska Król, demuestra que defender la vida no es un acto de rebeldía, sino de dignidad. Y esa dignidad, hoy, exige alzar la voz.

La República Dominicana necesita transformar de raíz su pésima relación con el medioambiente. Como sociedad, no puede seguir tolerando industrias que envenenan el aire, el agua, la tierra y, en consecuencia, la vida misma. Un progreso que mata no es progreso: es retroceso.

El mensaje esencial de Niños de Plomo recuerda a los empresarios con corazones de hierro y a los políticos que se venden y se compran como mercancía barata que la salud pública no es negociable. El momento de actuar es ahora, frente a quienes acumulan riqueza material a costa de envenenar y destruir personas, animales y plantas.

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