La parálisis de EDESUR frente a lo cotidiano
En la ciudad de Barahona, la indignación ciudadana ha dejado de ser una reacción esporádica para convertirse en un estado de ánimo colectivo. El motivo no es únicamente la recurrencia de los apagones, sino la flagrante dejadez e ineficiencia con la que la empresa distribuidora EDESUR aborda los problemas más elementales del sistema eléctrico local.
Es inaceptable que averías menores —como el cambio de un transformador defectuoso, la reparación de un conector flojo o la sustitución de un tramo corto de cableado— se transformen en odiseas de días, y en ocasiones semanas, para las comunidades afectadas. Lo que debería resolverse con una brigada técnica y un par de horas de trabajo se convierte en un calvario de reportes ignorados, promesas incumplidas y una burocracia institucional que parece diseñada para desalentar al usuario.
Esta falta de capacidad operativa no solo afecta la calidad de vida de los barahoneros, expuestos a sofocantes jornadas sin energía, sino que asesta un golpe directo al comercio local, a las pequeñas empresas y a la seguridad en las calles. La negligencia de EDESUR ante lo simple pone al descubierto una profunda falla de gestión, coordinación e inversión en recursos básicos en la región Sur.
Barahona no exige milagros ni infraestructura futurista de la noche a la mañana; exige diligencia, respeto al usuario y respuestas oportunas a problemas cotidianos. Es momento de que las autoridades correspondientes intervengan y exijan a EDESUR una reestructuración de sus protocolos de atención local, porque la paciencia de un pueblo no es un recurso inagotable.





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